sábado, 25 de junio de 2016

Rito de San Juan en Laguna del “lejíu”, Santibáñez el Bajo

Para finalizar con las breves fichas en relación a los rituales del solsticio de verano o de la noche de San Juan, continuamos extrayendo otro fragmento del mencionado artículo de Félix Barroso en la anterior entrada, en concreto, en lo que se refiere a los rituales acuáticos -pues no sólo el fuego es un elemento singular en esta celebración, sino también el agua- celebrados en la conocida como Laguna comunal del "lejíu" del pueblo de Santibáñez el Bajo, que ya hemos traído en más de una ocasión a este blog, y del que es natural el propio autor; autor, por otra parte, bien conocido en esta humilde página y que tantos rincones de interés arqueológico nos ha descubierto de su comarca, Tierras de Granadilla, y de las comarcas circundantes, principalmente de Las Hurdes, tierra de la que se puede decir que es uno de sus máximos conocedores.
Como anécdota etimológica, decir que el propio topónimo de Santibáñez deriva del nombre del santo con el que se cristianizó este antiquísimo festejo del solsticio de verano, viniendo a significar algo así como: "hijo de Santo Juan".

Laguna del “lejíu” en las ferias ganaderas de junio. Foto: Pulgar


Fuente: Félix Barroso Gutiérrez - junio 2016

Corría la chiquillería de barrio en barrio, saltando por todos los fuegos encendidos en las encrucijadas.  También, los vecinos, agarrados de la mano, formaban un gran corro y bailaban alrededor de la lumbre.   Algunos, al extinguirse las brasas, recogían aquellas cenizas, que guardaban para abonar ciertas plantas o para otros fines profilácticos.  Se acostaban tarde y “zajumáuh” (ahumados) hasta las cejas y tenían que madrugar antes que el sol asomase por las montañas de la Trasierra, cuando deberían marchar a la laguna del ejido comunal, en cuyas aguas se metían hasta las rodillas, realizando las correspondientes abluciones, creyendo a pie juntillas que así quedarían libres de la sarna, de los orzuelos y otras afecciones oculares.
Lugareños había que llevaban a la laguna sus animales, a los que obligaban a introducirse en las limosas aguas hasta que éstas le llegaban a la barriga.  Después del lavatorio, se quedaban extasiados  mirando a las cordilleras, esperando que el sol salga brincando y danzando por cima de las altas crestas.  Algunos dicen que vieron tal baile y dan fe de ello.
Sobre las hierbas que se recogían esa noche y a las que otorgaban poderes sanadores, así como acerca de otros sortilegios, cura de niños “quebráuh” (herniados) y otro sinfín de ritos que convertían no solo Santibáñez el Bajo, sino otros pueblos de la comarca de Tierras de Granadilla y de otras colindantes en toda una redoma de realismos mágicos, habría mucho que hablar.  Ahora, dejemos a las asociaciones de mujeres, como aquella de “Las Candelas”, del citado lugar, las que, fieles al legado transmitido por sus antepasados, preparen y orquesten la sacralizada (en el sentido ritual de las viejas creencias) fiesta del solsticio de verano.  No podía ser por menos en un pueblo cuyo topónimo hace honor al nombre de San Juan.


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