Fuente: B. García, informacion.es
Siglo II d. C.: en plena época del Imperio Romano, cuando La Vila Joiosa era la ciudad de Allon, los ciudadanos de la época acudían a la torre funeraria erigida en la desembocadura del río Torres a realizar ofrendas y regar con vino los restos de un difunto, un personaje de alto rango, todavía por identificar, enterrado bajo este santuario impenetrable. Unos orificios en las paredes, del tamaño justo para que una persona se asomase con una vasija o un ánfora llena de vino tinto, permitían rociar al muerto con el líquido, del mismo color que la sangre, con la creencia de que eso reviviría su alma en la otra vida.
[...] Conserva todavía erguidos diez de los doce metros que medía cuando fue construida, en el siglo II, a falta de la cúpula que la coronaba. Aún hoy puede apreciarse perfectamente su forma de pequeño templo, flanqueado por cuatro columnas y con una bóveda superior sobre la que iría la desaparecida cúpula. Mil novecientos años no han podido con sus piedras y sus muros que, sin embargo, no han llegado intactos hasta nuestros días, principalmente debido al expolio y a su reutilización para otros usos.A semejanza de las pirámides egipcias, esta torre se construyó sobre la tumba del difunto, totalmente hermética y sin accesos, con el objetivo de que nadie pudiera acceder a su interior y perturbar su alma. Sólo dos vanos en las paredes exteriores, permitían asomarse al interior, a través de una pequeña escalinata, para poder celebrar el ritual del vino dos o tres veces al año y garantizar así la vida eterna del finado.
