Donde ahora se alza la Catedral de Jaén existió, en los tiempos del matriarcado, un santuario donde se rendía culto a la Diosa Madre en su triple advocación. Los hallazgos arqueológicos de la región corroboran la gran importancia que este santuario tuvo desde épocas remotas y la continuidad del culto a la Diosa Madre en aquel lugar. Bástenos citar la ya mencionada venus de Torredelcampo o la de Otíñar o la Astarté de Cástulo. Los peregrinos y devotos, algunos de ellos llegados de lejanas tierras tras afrontar fatigas y peligros, accedían al santuario por tres entradas diferentes. El peregrino escogía una u otra según el aspecto de la divinidad que convenía a su devoción particular o a su fratría, hermandad o clan. El santuario era un gran dolmen rodeado de otros dólmenes votivos de menor entidad....Desde entonces han transcurrido milenios. Las religiones patriarcales se han sucedido en aquel lugar. Han acabado por hacer suyo el santuario. Cultos solares de Iberia, el paganismo grecorromano, el primer Cristianismo, el Islam, el Cristianismo castellano de los conquistadores, han incidido sucesivamente erosionando y apagando los ritos matriarcales del Dolmen Sagrado. Pero a pesar de ello, la Diosa Madre se aferra tenazmente a su santuario.
(El enigma de la Mesa de Salomón, Juan Eslava Galán)
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