No tenemos base suficiente, puesto que no hemos estudiado a fondo su distribución, ni hemos trazado líneas imaginarias entre los verracos conocidos, (algo complicado, puesto que la mayoría han sido movidos de su lugar de origen, para pasar a formar parte del decorado de numerosas plazas de los pueblos), más allá de conocer la existencia de muchas de estas esculturas en gran parte de lo que fue territorio vettón y alrededores, pero, a bote pronto, no nos parece la hipótesis más sólida, a nuestro criterio, puesto que entendemos que éstos se distribuyen en un delimitado territorio, concretamente el ceñido al pueblo prerromano celta de los vettones, no existiendo en el resto de territorios peninsulares, hasta donde llegan, desde antaño, los caminos de la trashumancia, muestras de éstos, salvo algún que otro verraco desubicado, como el que comentamos, hace tiempo, de la ciudad de Braganza, en Portugal. Quizás se nos pueda decir que sólo los vettones habrían marcado con verracos a modo de hitos estos recorridos ganaderos, pero, como bien decimos, estas rutas eran mucho más extensas de lo ceñido al propio territorio donde estas esculturas se manifestaron, con lo que no compartimos del todo la asociación planteada; dicho lo cual nos ha parecido, igualmente, interesante traer esta curiosa hipótesis, puesto que la distribución de los verracos, que se puede apreciar en el mapa que aportamos al final de esta entrada, bien pudiera concordar, en parte, con esos recorridos.
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| Verracos en la plaza de Villanueva del Campillo (Ávila) - Foto: iberhistoria.es |
Fuente: Gargoris y Habidis. Fernando Sánchez Dragó.
Hablo de Castilla en cuanto espacio histórico y no en su inmediata, evidente, mostrenca dimensión de geografía. Son individuos de carne y hueso -varones tangibles de Cantabria- los que en la oscura Edad Media se libran a un safari de taludes y rehoyos siguiendo la lógica ancestral de los mojones totémicos hincados por sus primates. Extrañas bestias de granito con perfil de esfinge devorado por el viento. Cerdos, musmones y toros. En una palabra: verracos, ese misterio de anteayer que el ayer clasificó azarosa y precipitadamente bajo la torpe etiqueta de Guisando. O mejor aún -y al fin- foramontanos, voz que está por imágenes de piedra anteriores a Roma y dispuestas al hilo de las rutas batidas en la trashumancia.

















