Son muchos los lugares que han sido despojados de su verdadero significado por el ansia expansionista del ser humano. Esos mismos lugares, elegidos como sagrados por sus antepasados, sucumben ante el empuje de los nuevos tiempos. De esta forma millares y millares de personas que circulan cada día por autovías y anchas vías que rodean la gran urbe, dejan a un lado, sin inmutarse -lo cual es muy normal por su actual aspecto-, una serie de cerros que no pasaban nada desapercibidos en tiempos bastante más antiguos. En
Madrid tenemos varios ejemplos, como el
cerro de los Ángeles,
el Cerrillo y nuestro protagonista de hoy, el
cerro Almodóvar o
cerro Gordo. Para el autor que hoy traemos a colación,
Juan Ignacio Cuesta, era todo un cerro sagrado ya desde tiempos paleolíticos. La cercanía de la
ermita de la virgen de la Torre -la patrona vallecana- continua otorgando sacralidad a estos parajes. Ya se sabe que las ermitas, en muchas ocasiones, pueden constituir una prueba o un indicio de la sacralidad ancestral de un lugar, pues en muchos casos éstas se sitúan en bosques, cerros y montes o junto a ríos o arroyos que fueron sacralizados en tiempos precristianos. Desde
Madrid, cada que vez que tomemos dirección al oriente ibérico por la carretera de
Valencia y a la altura de
Santa Eugenia aparecerá a nuestra izquierda solitario y silencioso -abstraído de toda la aglomeración que le rodea- el
cerro Almodóvar.
A poca gente le llama la atención. Quizá porque está demasiado cerca, o porque pasa desapercibido de tanto verlo. Vigila la entrada de Madrid, llegando desde Valencia, lo que es lo mismo que decir del Mediterráneo, madre y cuna. Sin embargo es un espacio sagrado desde tiempos muy antiguos, como atestiguan recientes investigaciones.
Su silueta es característica. Como una de las columnas ciclópeas que custodian la gran ciudad, se hiergue orgullosa, aunque su aspecto es sencillo y austero, envuelta frecuentemente en el penacho de humo de la fábrica de sepiolita de su ladera este. Hoy día es zona frecuentada por deportistas y amantes de los magníficos atardeceres de Madrid, aunque pocos saben que es uno de los tres cerros testigos sagrados donde los pueblos de la antigüedad realizaron sus ofrendas al sol mortecino de la tarde, que dibuja los bellísimos e inolvidables atardeceres madrileños. Los tres forman una línea recta. Hacia Getafe, el orgulloso y controvertido Cerro de los Ángeles (un espacio sagrado mal utilizado, contaminado y triste en cierto modo). Más cerca el Cerrillo, un promontorio hendido por la huella de un avión derribado durante la Guerra Civil, pero museo abierto y desconocido de innumerables restos paleolíticos que desaparecerán inexorablemente bajo los cimientos de las casas de Valdecarros, tal y como hoy sucede con el propio cerro. Pero el más alto, abrupto e hirsuto, es sin duda el Almodóvar. En sus laderas, ya cegadas, estaban las cuevas de aquellos primeros habitantes de la ribera del Manzanares que crearon una cultura bajo los auspicios de la Osa Mayor (hoy día, sus siete estrellas son símbolo y bandera de la Comunidad de Madrid, tal y como propuso y consiguió el desaparecido periodista Santiago Amón).Vistas las laderas desde la ancha plataforma de su parte superior (un sudamericano diría que esun pequeño tepui o chapada), los caminos zigzaguean, dando la sensación de que estamos ante un santuario que conoció peregrinos, aunque en su cima nada queda a la vista que recuerde que fue un ara que quizá conoció sacrificios a desconocidas deidades, y desde luego al Sol. Sin embargo, todo el cerro lo fue. ¿Qué hacen sino en su parte superior muchos misteriosos objetos de sílex traidos de lejos? Posiblemente formaban parte de la utillería de los hombres que habitaron las cavernas talladas en las margas yesíferas de su base. Seguramente muchos de ellos proceden de la recientemente descubierta mina paleolítica aparecida en el paraje conocido como Casa Montero que, por cierto, obligó a desviar el trazado de la M-50. Primitivas fábricas de armas, para la guerra y para la caza.

Madrid visto desde cerro Almodóvar con la sierra de Guadarrama de telón de fondoSiendo adolescente, fue aquel lugar al que acudíamos desde la lejana zona del Retiro madrileño para vivir nuestras aventuras como boy-scouts. Al fin y al cabo, aunque pequeña, era una montaña. Lo que más nos gustaba era encontrar grandes bloques de vidrio coloreado que alguien, o había hecho, o había dejado allí. Todavía podían verse entonces multitud de cuevas que debieron practicarse en tiempos remotos como primeros habitáculos y que conservaban aún restos de la Guerra Civil. Por cierto, que en la ladera este, pueden verse las ruinas de trincheras y de un nido de ametralladoras, junto a un solado que debió servir para alguna pieza de artillería. Hasta hace poco tiempo era frecuente encontrar allí vainas y peines de los viejos y certeros fusiles Mauser. Pero no estaban solos. Como se ha dicho, por todas partes hay restos de útiles líticos, que ya entonces nos hicieron pensar en la posibilidad de un yacimiento paleolítico de cierta importancia.(Juan Ignacio Cuesta)